lunes, 1 de junio de 2015

Gregor Schneider y sus interiores inquietantes



Alcanzar la edad de 16 años fue determinante en el devenir vital de este artista alemán nacido en la localidad de Rheydt en 1969. Con esa edad sufrió el fallecimiento de su padre y vio como se le organizaba su primera exposición individual en Mönchengaldbach, al mismo tiempo que daba comienzo a una obra sobre la que todavía hoy está trabajando.


La faceta artística de Schneider está marcada por su obsesión por los interiores, que termina por transformar en una suerte de escultura tridimensional transitable por lo espectadores, que terminan viviendo una serie de emociones contradictorias en las que el miedo es de las más importantes. Y ello es así por la construcción de habitaciones en el interior de las salas de exposiciones, modificando el espacio interior de los museos, creando nuevos espacios capaces de alterar la percepción espacial del visitante.


Precisamente con 16 años empezó a trabajar sobre su casa natal en Rheydt, interviniendo en su interior, construyendo habitaciones dentro de otras habitaciones, espacios que se convierten, en algunos casos, en inaccesibles, habitaciones en las que por una ventana se siente la entrada del aire mientras que por otra luce un sol espléndido, gracias al uso de distintos aparatos para crear diferentes condiciones climáticas.


Lugares en los que hay personas simulando acciones concretas, o en los que se puede encontrar al propio artista ejerciendo al modo de anfitrión en una casa cuyas habitaciones se mueven, donde se entra por la puerta situada en un lado y cuando se quiere salir uno se da cuenta de que ha cambiado de ubicación.


Otras veces se desplaza hasta la famosa playa de Bondi Beach, en Australia, para ubicar una serie de 21 celdas delimitadas por paneles de metacrilato, todas exactamente iguales para reflexionar sobre la uniformidad occidental actual. Otras veces llevará al interior de los museos una recreación de los espacios de la prisión de Guantánamo, pensados para ejercer una presión psicológica sobre los presos, sin que queden marcas externas propias de una tortura física, sustituida ahora por una tortura psicológica igualmente cruel.



Obras no exentas de polémica como en el caso de aquella que planteó para hacer una habitación en el interior de un museo, y en la que pretendía que se pudiera observar la muerte de una persona, como una forma de desdramatizar ese momento vital y como muestra, según el artista, de enseñar la belleza de ese momento. Una pretensión que le valió la crítica de todos los sectores políticos alemanes, amén de una larga colección de amenazas de muerte. Eso no fue óbice para que en otras obras aparezcan fallecidos simulados en otras obras suyas.

Más información: El Cultural, The Guardian [en], Art Gallery [en], Frieze Magazine [en].

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